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Qué se escribe / Qué se piensa

Breve biografía sin fumar

Uno de mis mayores pesares, al menos en lo que respecta al lado estético de la vida, es no fumar. Es el mayor problema que he heredado de mis padres, dos acérrimos no–fumadores, tanto así que no fuman como si fumaran, con el ímpetu de quien fuma. También es un problema en el lado práctico de la vida, por ejemplo, sólo anteayer no tuve excusa para escapar de una conversación para la que la única vía de escape era la necesidad de nicotina, la única verdadera razón para estar en un balcón con el frío que hacía esa noche, en vez de estar conversando con ese tipo odioso y latero.

 

Siempre consideré que esa era mi mayor distancia con la vida, pero cuando peor me atacaba la depresión atabáquica era durante esas noches adolescentes en que quería ser escritor. Investigaba autores, leía sus biografías y veía sus fotos. Cortázar y un cigarro en la boca. Wilde, Beckett, Camus, cigarro entre los labios. Duras, lentes muy negros y un cigarro. Carver con su mano apenas dejando ver sus ojos, y entre sus dedos, la fuente del placer ajeno. Ribeyro y Bolaño siempre con uno gastándose entre sus dedos, dejando el humo esparcirse, como si no fuese posible una foto sin demostrar su condición de fumadores ¿Cómo iba a ser alguna vez un buen escritor si no fumaba? Me pasaba noches desvelado pensando con fumar y haber fumado, quería la voz rasposa por el tránsito del humo en mi garganta, pero más: quería estar desarrollando un tumor, ser como ellos y morir bien muerto de cáncer al pulmón.

 

Debo aclarar: nunca tuve una sola gana de fumar, jamás he sentido tal cosa. Lo que sí tenía eran ganas locas y exageradas por ser fumador.

 

Cuando llegué a Santiago encontré un sucedáneo: la marihuana. Pasaba por mi garganta como una bailarina que danza sobre el hielo. Raspaban mi garganta esos patines con sus cuchillas montadas bajo las suelas, pero se deslizaba con elegancia y desplante. Con toda propiedad. Fueron tardes y noches y muchas veces mañanas exquisitas de pitos y pipas, pero nunca lograron reemplazar al cigarro común y corriente (la falta del cigarro común y corriente), no cumplían la misma función, no estetizaban de la misma manera, no servían, en definitiva, para llenar ese vacío. La diferencia, entendí luego, tiene que ver con una cuestión de tiempo. Un pito es siempre transitorio, lacónico, especialmente si es compartido. Una quemadita y ya. El cigarro, en cambio, fumado en público o en solitario, es una experiencia reposada. En una conversación con tabaco de por medio, los tiempos los marca el cigarro, el fumador. Al fumador de marihuana se le apura, «que corra». Al fumador corriente se le espera.

 

Para mi suerte, desarrollé un gusto que podría llamarse adquirido: besar fumadoras. Ahí creo haber tenido una ventaja, no estoy seguro de que un fumador tenga total claridad de lo que significa besar a una fumadora. Lo bueno, además, es que no son pocas. Creo que a veces solo me quedaba en esos labios para sentir un poco más del tabaco acumulado en sus bocas. El condimento volvía los besos aún más sabrosos, especialmente con Rocío, que tenía unos labios suaves y calientes y un aliento exquisito a humo y tabaco, o lo que sea que se mezcle allí adentro. Mientras nos besábamos, mis manos tomaban firme su cara para que no pensara que pudiera parar cuando se le ocurriera, no hasta que yo no hubiera recibido lo suficiente de su aliento nicotinesco en mí, aún si mis labios ya ardieran por sus mordiscos. Era mi manera de fumar.

 

En invierno, con la pieza llena de humo, nos quedábamos hasta tarde viendo clásicos del TCM, a mi entender, las únicas películas que dignifican una pieza pasada a cigarro. Vimos pasar a Robert Mitchum, Marilyn Monroe, Gloria Swanson, Cary Grant, James Stewart, y si no me equivoco, todos tenían un momento íntimo con el tabaco. De reojo veía a Rocío imitar a los actores. Nos gustaba especialmente Coffee & Cigarettes, de Jim Jarmusch, pero me pasaba la mayor parte de la película con pena. Quería ser como ellos, gente sin asunto fumando y tomando café. Una de esas noches nos encontramos con Dead Man, también de Jarmusch. Lo había olvidado completamente: William Blake, el personaje de Depp, era un icónico no fumador. Así como Jarmusch aumentaba mis tristezas con Coffee & Cigarettes, con Dead Man se encargaría de calmármelas. En la película, William Blake recibe un disparo muy temprano, y se pasa el resto del tiempo muriendo. Lo ayuda el apache Nobody, con quien repite unas cuantas veces un diálogo que tiene la intención de ser un pequeño chiste. Nobody le pregunta:

—Do you have any tobacco?

Blake responde:

—I don’t smoke.

Había, por fin, un personaje con el que podía identificarme, un activo no fumador que al mismo tiempo era el protagonista de un western. Le dije a Rocío que yo era como Depp. Sí, me dijo, y se lo pasa muerto toda la película. Luego me miró a los ojos y me sonrió, para ese entonces ya no estábamos nada de bien.

 

Así me lo he pasado. Muerto en vida. Con Rocío terminamos hace mucho y yo sigo muerto. Aprendí una sola cosa: jamás superaría ni solucionaría ese problemita de querer ser fumador. Pero hay parches. Una vez, en calle Portugal, vi a un viejo vagabundo haciendo como que fumaba. Sus dedos como sosteniendo un cigarro, su boca haciendo una leve «O». De vez en cuando, en el balcón de mi departamento, lo imito. Es lo que me queda por hacer. Al principio me salía mal, torpe. No sabía hacer el espacio justo para el cigarro imaginario entre mis dedos, ni a qué distancia colocar la mano de mi boca. Pero estoy mejorando. Cada vez fumo un poquito mejor.

Qué leer / Qué se piensa

Federico Bianchini: El arte de contar historias

Hace un par de meses el periodista y editor argentino Federico Bianchini estuvo en Chile para dictar un taller gratuito en la Universidad Finis Terrae, una instancia que se llenó de periodistas, narradores, gente talentosa, y yo. Como el que nada sabe nada teme, le pedí una entrevista, y esto (así es, dos meses después) es lo que pude recoger de dicho encuentro.

Federico Bianchini ganó en el año 2011 el premio Nueva Plumas, en su primera edición, con motivo de su crónica inédita sobre el también escritor trasandino Fogwill, llamada “El hombre que nada” En donde realiza un perfil de Rodolfo Enrique Fogwill, o simplemente Fogwill, un hombre que hizo de sí mismo un personaje, para quien ser un escritor de culto significaba vender pocos libros pero ser muy admirado. Para Juan Pablo Meneses, escritor chileno y fundador de la Escuela de Periodismo portátil, después de haberlo leído este texto señaló que: “todo parece indicar que estamos ante una nueva voz de la crónica latinoamericana.” Auspiciosas palabras.

Después ganó el premio Don Quijote Rey de España, en el año 2013, que se otorga a aquellos autores que han tenido el mérito de haber contribuido tanto a la difusión como al conocimiento de la cultura y de la lengua española.  Con la alegría que imagino puede dar obtener un galardón de este tipo, me cuenta que recordó el origen de su necesidad de tener que contar una historia; Una profesora de castellano (o como sea su símil en Argentina) lo invitó a participar de un concurso literario escolar. El objetivo era inventar un final diferente a la historia de Huckleberry Finn, de Mark Twain. Ésta fue la primera vez que supo que podía crear con sus palabras. No ganó el concurso, pero la semilla de su profesora se había instalado en su cabeza para quedarse.

En agradecimiento a su maestra de escuela le escribió un email, contándole de su premio, y de cómo ella había influido en su inquietud por la escritura. Si embargo no recibe respuesta alguna. ¿Habrá caído en la carpeta de spam? ¿Le habrán dado mal su correo?

Mientras estamos sentados en la terraza de la cafetería universitaria, que por si en algún momento se te olvida que es tal, un aroma a hierba va y viene, haciéndote recordar lo que era tener mucho tiempo y muy poca plata. Como decía, ahí sentados, Federico Bianchini se muestra receptivo y alegre, e incluso no intenta darme instrucciones cuando les saco fotografías con una cámara semiprofesional prestada, muy mal utilizada al estar enfocada en automático. Se agradece su ausencia de mansplaining.

Federico Bianchini ha escrito para el diario Clarín, la revista Brando, Gatopardo, fue editor de Anfibia, revista digital sobre crónicas y ensayos de actualidad, y en el año 2014 publicó su primer libro llamado Historias Extremas, que es un conjunto de relatos sobre deportistas que llevan sus actividades al extremo. Sigue de cerca series maravillosas como Game of Thrones, que le sirve para graficar la narración que entra en un punto alto, luego da paso a una meseta de desarrollo y al final te deja en un gran peak, que hace inevitable tener que ver el próximo capítulo. También aconseja ver Les revenantes (de la cual ya les hemos hablado en este blog) serie escrita en sus seis primeros capítulos por Emanuelle Carrére, escritor de El adversario.

Este periodista argentino señala que, a pesar de no haber recibido respuesta de su maestra de escuela, no se dio por vencido, e insiste. Le escribe nuevamente un correo electrónico.

Él se siente cómodo escribiendo en este punto de unión que existe entre el periodismo y la literatura, en donde se encuentran ambos tipos de géneros y se alimentan el uno al otro. Dado sus similitudes, al consultarle cuál es la gran diferencia entre uno y otro, que permita distinguirlos, señala que al menos desde quien redacta un texto los hechos siempre deben ser completamente verdaderos en una crónica. En cambio, en una obra autobiográfica, puede haber ciertos elementos de ficción, existen ciertos permisos, porque obedece a otro tipo de compromisos con sus lectores.

Cree como técnica de aprendizaje la crítica constructiva que se da entre pares, sobre todo en los talleres que realiza, siendo mejor a veces una mala opinión que simplemente alabar lo escrito, eso limita, impide crecer. Tiene un gran respeto por la ficción, ya que no son las aguas en que comúnmente se mueve, ha publicado en página 12 (medio argentino), y mientras atardece a las seis de la tarde de un especialmente frío junio, señala que él escribe por el simple placer de escribir.

Continuando con la historia de su maestra de escuela, a pesar de sus mensajes, sigue sin recibir respuesta. Se queda intranquilo, averigua por redes sociales, por cercanos, entonces se entera que ella había fallecido hace seis meses de cáncer. ¿Qué se hace en estos casos?

A la pregunta de qué libros recomendaría leer, contesta simplemente los clásicos, no hay pérdida en volver a ellos, por ejemplo, El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, publicado en 1844, que fuera entregado mensualmente, son las series de Netflix del siglo 19. O era que las series son las novelas del siglo 19. Da igual.

Hablando de series, y de calidad, señala que deberíamos estar viendo Black Mirror y Blue Nights, que no son ninguna sorpresa tampoco, porque así de obvias son las buenas historias, las bien narradas, porque enganchan, envician, e invitan a saber más.

Antártida, como fue traducida al chileno, o la Antártica, su nombre original, libro de editorial Tusquets, fue lanzado en 2016 donde narra su estadía en los fríos hielos de dicho continente durante 25 días. Estuvo en una de las trece bases argentinas, con el fin de relatar el diario vivir de aquellos científicos que, para realizar su trabajo, se sumergen en condiciones climáticas extremas, inmersos en un mundo donde se mezclan la ciencia y la aventura.

Ya se nos va acabando el tiempo, pero no lo puedo dejar ir sin preguntarle por lo que por ahora considero el santo grial de todo narrador: ¿Cómo saber cuándo se está frente a una buena historia? Pero, no está aquí para dar recetas, sólo consejos. Me cuenta que eso no se sabe de antemano, se debe estar ahí en el lugar, por lo que antes de enfrentarse a cualquier situación, hay que ir a ella en estado alerta, con los sentidos despiertos, para ser capaz de ver y percibir al mismo tiempo. Los relatos y los grandes personajes están ahí, pero debemos ser lo suficientemente perspicaces para ser capaces de verlos, y luego, tener el necesario oficio para plasmarlo en palabras.

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Finalmente, ¿Qué se hace con la frustración de no poder agradecerle en vida a su maestra que hizo una diferencia en su vida? Bueno, él escribe, así que escribió un reconocimiento póstumo, en donde le agradece el haber estado en un momento y tiempo determinado, que permitió que naciera en él esta necesidad de búsqueda continua, en que intenta encontrar un hilo invisible entre los elementos de una historia que nadie haya visto antes, tratando de hacer de cada relato singular, y que nadie haya sido capaz de hacer en el pasado.

La tentativa de originalidad es compleja, ambiciosa. Atardece sobre Santiago, sonríe para mis fotos de amateur y entra a una sala de clases donde lo esperan un grupo deseoso de sus consejos. Para escribir no hay recetas.