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Microcuento: Los abandonados

La gata mitad negra mitad blanca, Emilia, había llegado a la casa un día cualquiera, quién sabe de dónde. En la casa no había animales, la abuela no tenía intenciones de cuidar a nadie más. Ya tenía suficiente a sus setenta años con sus siete hijos, que le dieron veinte nietos, de los cuales le quedaba una, Javiera, que iba y venía, se quedaba tres días y desaparecía un fin de semana completo, con su hijo Alexis, un bisnieto de tres años, de grandes ojos castaños, que seguía a la abuela para todos lados.

Alexis, le había puesto Emilia a la gata, nadie sabía de dónde había sacado ese nombre, ninguno de la familia se llamaba así. Se dedicaba por las mañanas a juntar tierra con agua, al lado del cuartucho de herramientas que estaba al final del patio, y por las tardes, en vez de dormir su siesta, perseguía por toda la casa a la pobre gata, ella gruñía y lo amenazaba con sus garras, pero nunca le había hecho daño. Seguramente intuía que todavía él era un cachorrito, y aguantaba con el corazón palpitando rápido, hasta el momento en que pudiera escaparse de sus bracitos gordos.

La abuela, solía dar unos buenos escobillonazos a todo animal que trató de arrimarse a su casa, pero esta vez, se lo tomó con resignación, ya que desde la casa pareada, que se encontraba al lado de la suya, habían empezado a llegar grandes ratones hace un par de meses, con colas gruesas y grisáceas. Emilia, cumplía su cometido; por las noches se escuchaban golpes en el entretecho, a veces aparecían partes traseras de los roedores en el patio de tierra, secándose al sol, y un día se había asomado en la ventana, orgullosa con sus ojos amarillos, con una cola asomándose por el hocico.

Un viernes,como si fuera Javiera, la gata desapareció, pasaron unas cuantas semanas, nadie la buscó. Pero volvió, chascona, con hambre, maullando fuerte. Alexis estaba feliz, la había extrañado, su pequeño mundo tenía apenas tres personajes: la abuela, su madre con sus ojos hundidos, y la gata. Emilia era su compañera en juegos imaginarios, en que ambos eran gato y niño a la vez. Sin embargo, pasado un tiempo, ella engordó, mucho, y ya ni siquiera arrancaba del niño cuando éste trataba de sentarla en su camión de madera.

Así, una tarde, Emilia se acomodó dentro de un clóset, sin querer salir, la abuela estaba furiosa. Alexis arrodillado al lado del hueco en que se había metido, vio, asustado, cómo aparecieron por el trasero del animal seis pequeños bultitos mojados de todos los colores, que se movían, tiritando, mientras la gata echada gemía bajito.

La abuela al ver esto, gritaba enojada, fue corriendo a la cocina, volvió con una bolsa plástica, esperó a que terminara de salir la última criatura, los tomó uno a uno y los fue metiendo en ella. Al terminar, hizo un nudo y se fue directo a la calle. Allí quedaron en la casa, en la habitación, en el clóset, el niño y la gata. Emilia lo miró y emitió un gemido largo y agudo, Alexis sólo le acarició sus orejas, ninguno de los dos entendía bien qué pasaba.

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